Pues sucedió que estaba yo en casa de mis
padres en el pueblo, en una estancia que tienen en el garaje, donde hay una
estupenda chimenea que estaba encendida y en pleno apogeo, era un día de matanza, mi madre no se
por donde andaba, y en el garaje estábamos yo, mi padre, y una de las señoras
que siempre venían a ayudarnos con los menesteres de la matanza, ya se sabe: a
embutir el chorizo, las morcillas, a picar, a atar, a colgar en las latas.. ¡todo eso!, y además a brindar una alegre compañía, porque menos para el cerdo o
gorrino, y pese al trabajo que daban, las matanzas eran jornadas festivas, a menudo
tachonadas de anécdotas, y comentarios divertidos.
Aún no estaba la máquina de hacer el
chorizo preparada, en realidad, íbamos a tomar un pincho y hacer la probatura
de las salchichas (la carne del chorizo para quien no lo sepa), y a asar alguna
moraga, en ese impasse de espera hasta que llegaran las viandas mi madre y
más gente, nos quedamos los tres (yo, mi padre, y la encantadora señora),
mirando la lumbre y dejándonos llevar por el ensueño de su efecto hipnótico.
En esas estábamos, (absortos y en silencio), cuando mi padre echó un
tronco al fuego, y entonces esa señora pronunció esa frase tan lógica, tan
oportuna y tan normal en ese momento, que a ella y a mi padre les paso
desapercibida, pero que a mí me hizo sonreír y muchísima gracia, tanto es así,
que me acuerdo muchas veces de ella, y la aplico fuera de contexto, sobre todo
cada vez que tengo que sacar dinero del banco…
“En “toas”
maneras el palo que va a la lumbre no vuelve…”
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La Vega - Foto año 2.007 |